LA INDIFERENCIA APRENDIDA

Al principio, el dolor ajeno incomoda. Nos interpela. Pero con el tiempo —y con la repetición— aprendemos a mirar sin ver. A seguir adelante, aunque algo esté roto, siempre y cuando no sea dentro de nuestro propio espacio.

Durante años se nos ha repetido una idea como si fuera ley natural: el más fuerte sobrevive, y en esa frase se nos olvidó algo esencial, que la fuerza no siempre es individual, y que la supervivencia nunca fue un acto solitario. Ninguna especie prosperó aislándose.

La indiferencia surge cuando confundimos autonomía con desconexión, cuando creemos que salir adelante implica dejar atrás a otros, cuando el éxito personal se construye sin preguntarse por el costo colectivo. Así, mirar hacia otro lado se vuelve una forma aceptada de avanzar.

Paradójicamente, la vida cotidiana nos demuestra lo contrario. Hoy, incluso en lo más íntimo, entendemos que el esfuerzo compartido es más efectivo que la carga individual. Los hogares funcionan mejor cuando se construyen en conjunto, cuando ambos sostienen, cuando el peso no recae sobre uno solo. No por romanticismo, sino por realidad.

Y aun así, fuera de ese espacio, insistimos en vivir como si cada quien debiera arreglárselas solo, como si la sociedad no fuera también un hogar compartido, como si el cansancio ajeno no tuviera relación con nuestra comodidad.

La indiferencia no siempre es crueldad. Muchas veces es cansancio, miedo o resignación. Pero también es una elección: la de no involucrarse, la de no incomodarse, la de no asumir que el bienestar propio está inevitablemente ligado al de los demás.

Nos dijeron que competir era sobrevivir. Que ganar implicaba dejar atrás. Pero pocas veces nos hablaron de lo que se construye cuando se coopera, cuando se cuida, cuando se entiende que avanzar juntos no nos hace más débiles, sino más sostenibles.

Aristóteles entendía al ser humano como un zoon politikon (expresión griega que significa «animal político» o «animal social»), un ser que solo puede realizarse plenamente en comunidad. Para él, vivir al margen de los otros no era signo de fortaleza, sino de carencia. Desde esa mirada, la indiferencia no es madurez ni autosuficiencia, sino una forma de empobrecimiento de la vida en común. Cuando el vínculo se rompe, no solo se debilita la ciudad; se debilita también el individuo que cree bastarse a sí mismo.

Porque la indiferencia aprendida no es ausencia de sensibilidad, es una adaptación al sistema que nos convenció de que solos llegamos más lejos. Y a simple vista, quizá el verdadero acto de supervivencia no sea imponerse, sino volver a entender que solo en colectivo podemos sostenernos.


Jhon Bayron Mejía es un profesional en el medio audiovisual con mas de 10 años de experiencia local y nacional en diferentes canales de televisión y medios de comunicación digital. Me interesa observar la ciudad, el territorio y las dinámicas humanas que se construyen en lo cotidiano, abordándolas desde una mirada reflexiva y crítica a través de la narrativa y la opinión periodística

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