_En José y sus Hermanos, Tomas Mann, describe el relato bíblico de como era sabio guardar en las vacas gordas para cuando se acabara la abundancia, y cuando el refranero popular habla de pan para hoy y hambre para mañana, y finalmente aquella de la cigarra que sufre por carecer de lo que las hormigas previsivas guardaron y ella dilapidó, todo ello enseña lo que desafortunadamente no aprendemos, particularmente nosotros los tropicales, quienes a diferencia de quienes viven en los países australes donde hay verano para cosechar e invierno cuando todo falta, nosotros dilapidamos sin ahorrar porque la nieve no llegará y las cosechas perduran.
Los prestidigitadores muestran lo que quieren y esconden lo que el espectador no puede ver y así hace el milagro, aquello de ahora me ves y ahora no me ves.
El incremento del salario mínimo, ofrecido y garantizado es algo que ningún político o empleado que devenga esa remuneración puede negar, claro que lo que muestra es bueno, si la gente tiene más dinero puede comprar más, lo que le hace la vida mejor y vigoriza a la economía puesto que hay mayor demanda, hasta allí todo bien y nosotros también suscribimos cualquier decisión que genere un mayor bienestar a los más necesitados y también a la empresa generadora de bienes y servicios.
Pero incremento, para que se convierta en lo que ofrece, tiene que entender que los billetes pueden perder valor por el efecto conocido como inflación, que es desgracia para quienes menos tienen.
El mayor salario mínimo, cuando genera la aceleración de la inflación, es decir la abundancia de billetes no acompañada por el incremento en la oferta de bienes y servicios, lo que hace es que la moneda compra menos y termina peor el remedio que la enfermedad.
Dicen las estadísticas que poco más de dos millones de colombianos reciben el salario mínimo, quienes serán los favorecidos en el cortísimo plazo por ese incremento, puesto que, al revés de lo aconsejado, no llega acompañado por un incremento en lo que se puede comprar, por el contrario, cuando simultáneamente se suben los impuestos a la producción, se reduce la oferta.
La tragedia para quienes están perdiendo el empleo como consecuencia del incremento mencionado, puesto que no todo el mayor valor llega a las manos del trabajador, ese nuevo ingreso también sube los llamados para fiscales, cesantías, salud, jubilación, SENA, Comfamiliares, y todo aquello que por tradición o por normas están ligados a ese factor, lo que genera costos que se trasladan a los bienes y servicios y por lo tanto envilecen la capacidad de compra.
Duele conocer cuántos asalariados dejarán de estar empleados formalmente, la reducción de la oferta de empleos no se vive en la gran empresa, la cual hace rato que dejó de pagar los mínimos, quienes si pagan esa remuneración son otros, el micro y la mediana empresa, particularmente aquellas en donde la mano de obra pesa más en el costo de la producción.
Las personas que se están quedando sin empleo se ofrecen a trabajar a cualquier precio, su situación es desesperada y eso parece le conviene al prestidigitador, pues dependerá ya no de su trabajo, sino de la bolsa de comida que repartirá el poderoso gobernante.
Pero no solo están sufriendo quienes están perdiendo el empleo, también lo hacen los empresarios buenos, aquellos quienes cuidan a sus trabajadores, al tener que reducir su nómina para sobrevivir. El progresismo o como quieran llamar a ese estado dueño de la vida y del que hacer de todos, hasta la fecha ha demostrado, sin una sola excepción, que conduce a la miseria colectiva y al enriquecimiento de la mueva clase en el poder
Juan Guillermo Ángel Mejía es ingeniero industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira. Exalcalde de Pereira y exsenador y expresidente del Congreso de la República. Fue embajador en Guatemala. Es un pereirano de todas las horas y columnista de GQ Tu Canal
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