La comodidad no siempre llega en forma de lujo, a veces es apenas un hábito, no mirar, no preguntar, no detenerse, es esa sensación de que “todo está en orden” porque, al menos por ahora, nada nos duele directamente.
Se manifiesta en gestos simples, en quien exige sin agradecer, en quien normaliza que alguien más limpie, cargue, atienda, resuelva, en quien repite que cada cual tiene lo que se merece, sin preguntarse cuántas manos hicieron posible ese mérito.
La mayoría de nosotros no empezó desde cero, incluso quienes creen haberlo hecho solos cargan una historia que los precede, un sacrificio familiar, un trabajo invisible, una renuncia ajena, alguien sostuvo algo para que otro pudiera avanzar, sin embargo, la comodidad aparece cuando damos por sentado ese esfuerzo y lo convertimos en paisaje.
No es un asunto de clases, sino de escalas, el egoísmo no siempre nace de la abundancia, sino del alivio, cuando dejamos de sufrir cierta carencia, muchas veces dejamos también de reconocerla en los demás, la tranquilidad personal se vuelve frontera moral.
Así, la desigualdad no solo se reproduce desde arriba, también se normaliza desde abajo, desde el centro, desde cualquier lugar donde alguien decida no involucrarse porque “no es su problema”, la comodidad, en ese sentido, no es pasividad: es una elección silenciosa.
Vivimos en un mundo sostenido por esfuerzos que no vemos, cadenas largas de trabajo, cuidado y desgaste que permiten que otros vivan con cierta calma, pero cuando esa calma se vuelve costumbre, la empatía se debilita, y lo injusto empieza a parecernos inevitable.
Quizá no se trata de renunciar a vivir mejor, sino de no olvidar cómo llegamos hasta aquí, de entender que la comodidad no es un derecho absoluto, sino una condición frágil que se apoya, muchas veces, en el cansancio ajeno.
Porque la comodidad que nos ciega no es solo un estado, es una forma de mirar, o de no mirar el mundo, y a simple vista, lo verdaderamente peligroso no es vivir tranquilos, sino acostumbrarnos a hacerlo sin conciencia.




