¿En qué momento una ciudad pensada para el encuentro empezó a quedarse atrapada en sus propias calles?
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, ciudades como Londres y Nueva York comprendieron que transformar sus formas de movilidad no era únicamente una discusión técnica ni un asunto secundario del desarrollo urbano; fue en aquel momento una necesidad urgente asociada directamente a la salubridad, al bienestar colectivo y a la dignidad del desplazamiento humano.
En ese contexto, dejar atrás la movilidad equina —con el polvo, los residuos orgánicos y las enfermedades que saturaban las vías— permitió limpiar las calles, redefinir la relación entre ciudad, salud pública y calidad de vida.
Hoy, guardando las proporciones históricas y territoriales, Pereira enfrenta un desafío distinto en su forma, pero igualmente estructural en sus consecuencias.
La congestión que vivimos actualmente no apareció de un día para otro ni puede explicarse a partir de una única causa aislada, se puede entender que es el resultado acumulado de múltiples decisiones de planificación que, con el paso del tiempo, no lograron anticipar ni gestionar adecuadamente la intensidad del crecimiento vehicular ni la progresiva concentración de actividades urbanas en un número limitado de corredores viales.
En la medida en que la ciudad no amplió de forma significativa ese contexto de territorio urbano con nuevos organismos de movilidad, comenzó a exigir cada vez más a la misma infraestructura existente, hasta el punto de convertir el tráfico denso en una condición casi permanente del paisaje cotidiano.
En ese sentido, más que un simple problema de tránsito, Pereira enfrenta hoy una consecuencia directa de cómo se ha planificado, utilizado el espacio urbano durante décadas.
Esta realidad se hace evidente desde las primeras horas del día, cuando la coincidencia de horarios escolares, laborales y de prestación de servicios ejerce una presión simultánea y concentrada sobre la red vial, especialmente en aquellos sectores residenciales que se conectan con centros educativos, zonas comerciales y ejes empresariales.
No se trata únicamente del volumen de circulación, sino de una lógica urbana que ha consolidado desplazamientos en franjas horarias rígidas, con escasas alternativas reales para distribuir la demanda de movilidad a lo largo del día.
Como resultado, la ciudad despierta al mismo tiempo se desplaza por los mismos lugares y reproduce un patrón que, de manera silenciosa pero persistente, termina afectando un derecho básico de la ciudadanía: el acceso a una movilidad eficiente, segura y digna.
En una ciudad que hoy se siente embotellada, el desafío consiste en comprender por qué, a pesar de todo, no nos estamos moviendo mejor.
La congestión es, en gran medida, el reflejo de decisiones individuales que se repiten de forma simultánea, muchas veces sin conciencia de sus efectos acumulados sobre el conjunto de la ciudad. De allí surge la necesidad de fortalecer una cultura ciudadana basada en la empatía y respaldada por evidencia concreta como es la data.
En este punto, la infraestructura de alumbrado público y vial —presente de manera capilar en todo el territorio pereirano— puede asumir un nuevo rol estratégico como columna vertebral para la comprensión de la movilidad urbana, ya que los “postes” pueden convertirse en puntos de captura de datos que permitan identificar flujos vehiculares, tiempos de permanencia y niveles de congestión en las horas críticas del día. Integrada a los sistemas de tránsito, esta información habilita decisiones institucionales más oportunas y permite desarrollar una pedagogía ciudadana sustentada en hechos reales, mostrando cómo elecciones cotidianas relacionadas con horarios, rutas o el uso del vehículo particular están contribuyendo a la saturación de la ciudad.
En un contexto donde no resulta viable seguir incorporando más vehículos a las calles, la salida no está en ampliar vías, sino en usar mejor lo que ya existe, combinando cultura ciudadana con estrategias eficaces apoyadas en datos.
Por tanto, hoy contamos con herramientas en percibir información inteligente que nos permite comprender cómo vivimos y sentimos nuestra movilidad en Pereira, no como simples cifras, sino como reflejo del tiempo, el cansancio, los encuentros y las oportunidades que se construyen en cada desplazamiento, de modo que su uso responsable se convierte en una forma de cuidarnos como comunidad y de tomar decisiones más conscientes, así como en su momento lo hicieron ciudades como Nueva York y Londres frente a desafíos de salubridad, hoy en un contexto distinto pero igualmente relevante, asociado al bienestar y a la salud mental de los pereiranos, entendiendo que los datos, bien utilizados, fortalecen el bienestar colectivo y nos ayudan a aprender, juntos, a movernos mejor.
Andrés García Ramírez es ingeniero Electricista de la Universidad Nacional de Colombia, con especialización en Nuevas Tecnologías, Innovación y Gestión de Ciudades , y una Maestría en Ciudades Inteligentes, ambas obtenidas en la Universidad Externado de Colombia. Su trayectoria profesional se centra en el desarrollo y la gestión de proyectos que integran tecnología, innovación e iluminación para construir entornos urbanos más sostenibles , eficientes y participativos. Es columnista de GQ Tu Canal.
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