EL NEGOCIO ELECTORAL

Hay un clamor que se escucha en las redes, en los corrillos, en las tiendas; ese reclamo a las decenas de candidatos por insistir en lo que a todas luces es un imposible, en tercamente continuar en una campaña, la cual como dijo el ex presidente López, es una frustración que, como la muerte que describió García Márquez, está anunciada.

Olvidan los clamorosos que hay de por medio el negocio electoral, el cual ha llegado a extremos ruinosos para Colombia, en donde la democracia ya no solo es un honor que cuesta, sino un derroche de dinero que enriquece legalmente a los candidatos; todo ello a costillas del tesoro público, el cual es requerido con urgencia en la salud, en la seguridad, en la infraestructura, en lo indispensable.

Pagar, como se va a hacer, $ 8.285.oo por cada voto logrado, sin límites, ni inferiores ni superiores, hace que los candidatos sin opción no se retiren sin antes cobrar su apuesta, la cual es tan rendidora que, si suponemos solamente diez millones de votos en las consultas y se obtiene un pírrico 1% de los votos, ese inmenso perdedor cobra más de ochocientos millones de pesos, rico no, don Pepe.

Entonces los candidatos están en los suyo, los despistados o cómplices son sus fanáticos, quienes por ellos votan, a pesar de saber que lo único que están haciendo es pagando por ver, como dicen los tahúres en la mesa de juego.

No estamos en el mejor de los mundos, estas elecciones, aquí, como en casi todo el resto del mundo, no tienen una opción entre un bueno y otro mejor, eso de la polarización es una realidad que existe desde que el mundo es mundo, empieza, si lo quieren, entre Caín y Abel, entre los hijos de Agar, Ismael e Isaac el hijo de Sara, entre el comunismo y el capitalismo o entre el islamismo y el cristianismo, entre el Jing y el jang de la bandera coreana, entre el bien y el mal, entre el cielo y el infierno.

 Hay entonces quienes sostienen que lo que se debe buscar es el bien común, cosa en la que estamos de acuerdo, el problema, como dice repetidamente Ricardo Arjona, el cantor guatemalteco, no es el qué, es el cómo, de un lado filan quienes sostienen que ese bien común está en manos del Estado, así la educación, la salud, la producción, los bienes, la totalidad de las decisiones deben obedecer a lo que digan y opinen quienes ostentan el poder, todo se puede y debe planificar, nadie puede poseer, todo dentro del Estado, nada por fuera del Estado, en la otra orilla, bien distante, se encuentran los libertarios, quienes opinan que ese bien común no debe estar en una pocas manos por ilustradas y bien intencionadas (cosa que nunca ha ocurrido) que ellas sean, que el Estado todo poderoso e inmaculado es un leviatán que destruye.

La democracia, ha sido la respuesta que le pone límites al poder del gobernante, permite el cambio de rumbo para evitar los extremos, el péndulo que oscila entre el uno y el otro lado es y ha sido el modelo más exitoso, el que ha ofrecido mejores entornos para vivir, para ejercer las libertades, por ello por maluca que nos parezca ella, la democracia, que el electorado cambie lo que no le gustó, eso es mejor que ninguna otra, en nuestro concepto, y para finalizar recuerdo las palabras de mi antiguo jefe quien me insistía, que lo bueno es enemigo de lo óptimo. Coletilla: busco la manera para que CLARO entienda que no me voy a pasar, que respete, y que recuerde que ya experimenté el viacrucis que es retirarse de ese pulpo. No más CLARO, fuera Claro de mi vida.


Juan Guillermo Ángel Mejía es ingeniero industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira. Exalcalde de Pereira y exsenador y expresidente del Congreso de la República. Fue embajador en Guatemala. Es un pereirano de todas las horas y columnista de GQ Tu Canal

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