Pereira está frente a una de esas encrucijadas que pocas generaciones tienen la carga histórica de enfrentar. El terremoto dejó dolor, incertidumbre y pérdidas materiales, pero también dejó una verdad imposible de ocultar: la ciudad venía acumulando fragilidades que no nacieron con el sismo. Estaban en el centro saturado, en las edificaciones vulnerables, en la movilidad colapsada, en la falta de espacio público, en la expansión sin infraestructura y en la ausencia de una visión metropolitana capaz de ordenar el futuro.
Por eso, la pregunta que hoy debe hacerse la dirigencia no es solamente cómo reconstruir lo que se cayó. La pregunta verdadera es si Pereira tendrá el coraje de no volver a levantar los mismos errores con nuevos materiales. Reconstruir paredes es urgente; reconstruir confianza es indispensable. Pero refundar la ciudad es el deber histórico de quienes toman decisiones públicas, económicas, gremiales, académicas y sociales.
El centro de Pereira no puede ser entendido solo como una zona afectada. Es el símbolo de una ciudad que concentró durante décadas demasiado tráfico, demasiada presión inmobiliaria, demasiada informalidad urbana y muy poco espacio para la vida. Allí no basta con reparar daños: hay que rediseñar el corazón urbano para que sea seguro, caminable, habitable y digno. La ciudad que renazca no puede tener como punto de partida el miedo, sino la confianza.
Cerritos, por su parte, es la advertencia más clara de lo que ocurre cuando el territorio avanza más rápido que la planeación. No fue una expansión urbana concebida con visión pública; fue una ocupación empujada por expectativas inmobiliarias, vivienda campestre y decisiones fragmentadas. El resultado es una zona deseada, pero incompleta; valorizada, pero vulnerable; cercana al imaginario del buen vivir, pero distante de una estructura urbana real.
La vía Cerritos–La Virginia no puede seguir siendo tratada como una carretera secundaria cuando en realidad está llamada a convertirse en uno de los ejes metropolitanos más importantes del occidente colombiano. Si Pereira no la piensa desde ahora con doble calzada,
espacio público, transporte integrado, servicios públicos y control territorial, terminará repitiendo a mayor escala los errores que hoy padece.
La Virginia y Cartago ya no son periferias lejanas: son parte de una realidad regional que está tomando forma. La conurbación no espera a que los planes estén listos. Avanza por las vías, por el comercio, por la logística, por el aeropuerto, por la vivienda y por las decisiones cotidianas de miles de ciudadanos. La diferencia entre una ciudad-región ordenada y un territorio caótico dependerá de la capacidad de anticiparse.
Aquí la clase dirigente de Pereira tiene una responsabilidad superior. No se trata de administrar la coyuntura ni de distribuir beneficios de corto plazo. Se trata de decidir si la ciudad seguirá siendo gobernada por la improvisación, la presión del suelo y el cálculo político, o si por fin será orientada por una visión de largo plazo, técnica, metropolitana y profundamente humana.
El POT que Pereira necesita después del terremoto no puede ser una colcha de intereses. Debe ser un pacto ético por la vida, la seguridad, la movilidad, el espacio público, la sostenibilidad y la dignidad urbana. Debe poner el riesgo por encima del negocio inmediato, la infraestructura antes que la ocupación y el interés general por encima de cualquier presión particular.
Pereira puede salir de este momento convertida en una ciudad más justa, más segura, más competitiva y consciente de su territorio. Pero también puede desperdiciar la oportunidad y reconstruir, con recursos públicos y privados, la misma vulnerabilidad que el terremoto dejó al descubierto. Esa es la diferencia entre una generación que administra daños y una generación que funda futuro.Dirigentes de Pereira: esta no es una discusión técnica menor. Es una pregunta moral sobre la ciudad que vamos a dejar. El terremoto ya hizo visible lo que la costumbre había vuelto invisible. Ahora corresponde actuar con grandeza. Porque reconstruir es levantar lo perdido; refundar es impedir que el próximo desastre encuentre a la ciudad con los mismos errores, las mismas excusas y la misma falta de visión.
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