EL PELIGRO DE UNA DEMOCRACIA POLARIZADA

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Las elecciones presidenciales son el momento más importante en el que nuestra sociedad decide el rumbo que quiere tomar, qué valores quiere defender y qué clase de país desea construir para las próximas generaciones. Este domingo 31 de mayo los colombianos tendremos nuevamente esa responsabilidad en nuestras manos.

En estos tiempos de desconfianza hacia las instituciones, de desencanto con la política y de profundas dificultades sociales y económicas, votar sigue siendo uno de los actos más poderosos de la ciudadanía. Renunciar a ese derecho es dejar que otros decidan por nosotros. Por eso, más allá de simpatías partidistas o afinidades ideológicas, nuestro llamado desde VIGÍA Cívica es: salgamos a votar.

Cada voto representa una voz. La del joven que sueña con oportunidades, la del trabajador que espera estabilidad, la del campesino que reclama presencia del Estado, la del empresario que necesita confianza, la de las familias que anhelan seguridad y tranquilidad. Todos los ciudadanos deben tener presente que la democracia se fortalece con participación, no con indiferencia.

Sin embargo, tan importante como votar es entender que las elecciones y su resultado no pueden convertirnos en enemigos. La campaña presidencial ha dejado escenas preocupantes: insultos, agresiones verbales, descalificaciones y una creciente intolerancia entre ciudadanos que piensan distinto. En las redes sociales, en conversaciones familiares y hasta entre amigos, el debate político terminó, muchas veces, degradado en ataques personales y en mensajes de odio.

Ese ambiente es peligroso para cualquier nación. Un país polarizado pierde la capacidad de escucharse, de construir acuerdos y de reconocer que quien piensa diferente no es un enemigo, sino un compatriota. La polarización extrema erosiona la confianza social, fractura comunidades y alimenta discursos radicales que terminan debilitando la democracia misma.

Colombia necesita recuperar la serenidad. El lunes siguiente a las elecciones, cualquiera que sea el resultado, el país seguirá enfrentando los mismos desafíos: pobreza, inseguridad, corrupción, desempleo, crisis ambiental y enormes brechas sociales. Ninguno de esos problemas se resolverá desde el odio o la confrontación permanente.

Quienes ganen deberán gobernar para todos los colombianos, no únicamente para quienes votaron por ellos. Y quienes pierdan tendrán el deber democrático de ejercer una oposición responsable, crítica, pero respetuosa de las instituciones y de la convivencia nacional.

Pasadas las elecciones los ciudadanos debemos acometer una tarea: aprender a debatir sin destruirnos. Defender ideas con firmeza no obliga a humillar al otro. La democracia madura no se mide únicamente por la cantidad de votos depositados en las urnas, sino por la capacidad de una sociedad para convivir en medio de sus diferencias.

Este domingo debemos votar con esperanza, con conciencia y con responsabilidad. Pero, sobre todo, recordando que después de la contienda electoral seguimos siendo un mismo país. Colombia necesita menos fanatismo y más ciudadanía; menos odio y más respeto; menos división y más voluntad de construir un futuro común. ¡Ciudadano, participe votando y tienda la mano!


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