Las abuelas que se encargan de criar nietos, se están acabando. Ese es uno de los tantos factores para que las parejas jóvenes ya no tengan hijos.
Cambió el chip femenino. Asistimos al marchitamiento de la abuela hogareña que “levantaba” nietos mientras la hija o la nuera iban al trabajo o la Universidad. Se nos acaban las abuelas de la tradicional frijolada que reunía la familia los fines de semana. Si quedan algunas, son la excepción, porque las abuelas ilustradas o no saben hacer frijolada o prefieren el restaurante.
Quedan las parejas con un solo hijo, que, a falta del calor de hogar, el muchacho a veces parece un huérfano con padres ausentes o con padres con tiempos muy limitados para compartir.
Eso explica de las nuevas mentalidades de cristal (que se rompe con cualquier cosa), equis (que no sabe lo que quiere) o jóvenes que llevan una vida disipada, sin afectos, sin arraigo, sin apegos familiares y los famosos bombriles (hedonistas que nunca se van de la casa). Una juventud que busca refugio en las drogas, en pandillas o en otros grupos sociales diferentes a la familia.
Los más sanos, cuando no son ninis, solo quieren viajar, estudiar carreras cortas, trabajar por temporadas, estar en las redes sociales y mientras se estrellan con la madurez sueñan con ser influencers, el espejismo de nuestro tiempo, como si eso fuera soplar y hacer botellas.
La mujer trabajadora impuso su rol en esa máquina de consumo que es la sociedad productiva. Mujeres hay que ganan más que los hombres y carecen de tiempo para tener hijos y no se ven criando nietos.
Es grande el crecimiento profesional de la mujer y su rol participativo en actividades económicamente activas tanto en niveles laborales básicos incluyendo la informalidad, como profesionales en cargos con responsabilidades públicas y privadas.
Hay inquietud por la caída de la tasa de natalidad (casi llegando al 15%), afectando la pirámide del sistema de pensiones y otros impactos no menores en la economía y la vida social.
Los datos del DANE dicen que, además, la población colombiana se está envejeciendo. Manizales y Pereira aportan la mayor tasa con personas cuya edad superan los 50 años.
No veo lejano el día en que, en el país sean política de Estado los subsidios a parejas que tengan hijos, ojalá condicionados a la obligación de dedicarles tiempo para la adecuada formación.
Para ello, tendremos que esperar a tener congresistas con más talante de estadistas, que de politiqueros.
No me imagino una navidad y año nuevo sin hijos a los cuales al menos darles una llamada telefónica. Los hijos son la prolongación de la existencia y un símbolo de gratitud con la vida que heredamos, precisamente, de nuestras inolvidables abuelas.