A lo largo de la historia, pocos nombres han dejado una huella tan profunda en la humanidad como el de Nikola Tesla, padre de la ingeniería eléctrica.
Su legado no solo reside en la revolución que impulsó con la corriente alterna, sino también en su visión de una electricidad accesible para todos, sin distinción de riqueza, cultura o geografía.
Tesla transformó la tecnología y concibió la electricidad como un derecho universal, fundamental para el desarrollo social y el bienestar humano. Más allá de sus avances científicos, lo que hizo único a Tesla fue su compromiso con el progreso de la humanidad.
Entendió que la electricidad tenía el poder de trascender la calidad de vida de las personas iluminando calles y hogares, trastocando múltiples aspectos: garantizaba condiciones sanitarias adecuadas, potenciaba los servicios de salud en hospitales, modernizaba el urbanismo a través del alumbrado público, y dinamizaba la economía al extender la actividad comercial sin el margen de la luz del día.
Además, su impacto en la industria generó empleos de calidad y consolidó el crecimiento económico de su época y todo alrededor de su significado frente a la electricidad.
Sin embargo, su sueño de proveer electricidad libre y universal no prosperó como él lo imaginó. Factores como el egoísmo, la codicia y los intereses económicos transformaron su visión altruista en un mercado segmentado, donde la electricidad se convirtió en un bien comercial mal enfocado con sesgos infortunados sujeto a regulaciones y limitaciones contrarias a su pensamiento.
A pesar de esto, Tesla dejó una herencia invaluable: la base tecnológica que hoy sostiene la generación, transmisión y distribución eléctrica a nivel global. Y aunque su ideal de una energía sin barreras no se concretó en su totalidad, su influencia sigue vigente en la manera en que la electricidad impulsa la modernidad.
Es así, Tesla transformó el mundo con sus avances en la transmisión y distribución de electricidad, pero su mayor legado trasciende lo meramente tecnológico. Su visión no se limitaba al progreso científico, sino que abrazaba la idea de la energía como un derecho universal, clave para el desarrollo humano.
Ese principio, que concibe la tecnología como un medio para mejorar la vida de las personas, es la verdadera esencia de una ciudad inteligente.