NOS ACOSTUMBRAMOS DEMASIADO RÁPIDO

No fue de un día para otro, nadie despertó una mañana dispuesto a aceptar la desigualdad, la prisa permanente o la indiferencia como forma de vida. Simplemente ocurrió. Poco a poco. Sin avisar.

A simple vista, el mundo funciona.

Las ciudades se mueven, la economía avanza, las pantallas no se apagan. Todo parece estar en su lugar. Pero basta detenerse un momento —solo un momento— para notar que algo no encaja del todo.

Nos acostumbramos a ver personas durmiendo en las calles como parte del paisaje urbano.
A medir el valor humano por lo que produce y no por lo que es.
A vivir cansados y llamarlo adultez.
A competir incluso donde antes había comunidad.

Lo más inquietante no es que estas cosas existan, sino lo poco que ya nos incomodan.

El sistema no se impone solo por la fuerza. Se sostiene porque aprendimos a adaptarnos a él para no sufrir. Porque aceptar lo establecido suele ser más fácil que cuestionarlo. Porque pensar tiene un costo emocional que no todos están dispuestos —o pueden— pagar.

Así, lo que alguna vez fue inaceptable se vuelve normal.
Y lo normal deja de ser interrogado.

La desigualdad, por ejemplo, rara vez se presenta como una injusticia explícita. Aparece maquillada de mérito, de esfuerzo individual, de “así funcionan las cosas”. Se nos enseña a creer que cada quien está exactamente donde merece estar. Esa idea es cómoda. Y por eso es peligrosa.

Cuando una sociedad deja de preguntarse por quienes quedan atrás, no porque no los vea, sino porque ya no los siente cercanos, algo esencial se rompe. No de golpe. En silencio.

Tal vez el problema no sea únicamente el sistema.
Tal vez el problema sea lo rápido que aprendimos a vivir dentro de él sin hacernos demasiadas preguntas.

Porque no hace falta ser poderoso para sostener lo injusto. Basta con normalizarlo. Basta con mirar hacia otro lado. Basta con convencernos de que no hay alternativa.

Esta no es una acusación. Es una invitación incómoda.
A mirar de nuevo lo cotidiano.
A preguntarnos en qué momento dejamos de imaginar algo distinto.
A reconocer que muchas de las cosas que hoy aceptamos, ayer nos habrían parecido inaceptables.

A simple vista, todo sigue igual. Pero entre líneas, quizá aún quede espacio para preguntarnos si esta es realmente la forma en que queremos habitar el mundo.


Jhon Bayron Mejía es un profesional en el medio audiovisual con mas de 10 años de experiencia local y nacional en diferentes canales de televisión y medios de comunicación digital. Me interesa observar la ciudad, el territorio y las dinámicas humanas que se construyen en lo cotidiano, abordándolas desde una mirada reflexiva y crítica a través de la narrativa y la opinión periodística

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