PARTE 2
La historia latinoamericana rara vez concede segundas oportunidades. “Yo se lo dije”, una expresión que suena a cantaleta, pero solo hace un par de semanas expresé en este mismo medio que la movilización militar en el Caribe no era un yoga naval: era el inicio del fin del régimen de Maduro. “Todo ha sido consumado”, las palabras del Crucificado según el Apóstol San Juan. El destino del líder venezolano estaba sellado desde antes que se iniciaran los ataques a las embarcaciones que supuestamente llevaban droga hacia el norte.
El implacable nuevo orden global no podría ser más palpable al otro lado del cruce fronterizo de Cúcuta. El engranaje geopolítico, inclemente y ajeno al folklore del Crucificado Maduro. “Este es nuestro hemisferio” es viral en las redes sociales; la imagen del “todopoderoso” Trump, su mirada en la distancia, con un halo casi mesiánico; la Casa Blanca, el centro de comando del nacionalismo. Desde allí mismo se advirtió que el Mundo Occidental no será “una base de operación para adversarios, competidores y rivales”. Las provincias de América Latina proveerán al Imperio, Ave César y sus caprichos.
Maduro nunca habría podido escapar. Un largo proceso en el que las alianzas soviéticas se fueron debilitando, los lazos de apoyo se evaporaron, resultaron en su caída. Los aviones caza Rusos Sukhoi, parqueados en un hangar a la espera de repuestos son símbolo de que el magro respaldo ruso que alguna vez sostuvo al chavismo ya se había esfumado en la era Maduro. En la última década asuntos más apremiantes han ocupado la agenda de Putin: invadir Crimea, sostener el régimen de Siria, alimentar la guerra ideológica contra Occidente, hacer de la OTAN y Ucrania el antagonista de este drama global.
Venezuela siempre fue una ficha menor en ese tablero. El gesto de Putin al calificar como “preocupantes” los acontecimientos en Caracas fue más retórico que estratégico. El submarino Belgorod permaneció en el Ártico, tan distante del Caribe como el sueño bolivariano de Chávez.
“Porque me has abandonado?” ya no como expresión de fe en la salvación fueron las ultimas de Nicolas Maduro antes de ser aprehendido por los comandos yanquis.
La Captura del autócrata del país vecino, ese minúsculo impase de tomar control sobre Venezuela… es el punto de inflexión de un nuevo orden mundial.
En medio de este síncope de las naciones surge la pregunta inevitable: ¿Viendo las barbas de su vecino cortar puso Petro las suyas a remojar? En un instante de lucidez, Gustavo Petro, reconoció que “sería mejor guardar silencio porque lo que diga siempre hará mi situación peor”. Un destello de sabiduría política que pronto se disipó. El presidente colombiano volvió a enumerar en términos de toneladas incautadas, sus logros en la lucha contra el narcotráfico, narcóticos que no hacen eco en los oídos de Trump. La debacle de Maduro no proviene de una cruzada antidrogas; es un cálculo transaccional en el que el petróleo jugó un papel central para un fin ulterior. El crudo es el pilar de ese pragmatismo utilitario que ahora delimita los bloques de poder que ahora dividen la escena mundial.
“Dime con quién andas y te diré a qué bloque perteneces”. La frase cobra vigencia en este nuevo orden mundial. En una de sus columnas Juan Guillermo Ángel lo expresó con claridad: los colombianos estamos llegando tarde al socialismo totalitarista. Colombia, otra Banana República, su bloque natural es el liderado por el megalómano de turno, Trump. La suerte de Maduro es también un recordatorio de que los bloques también son geográficos. Se construyen y se destruyen en función de intereses inmediatos, no de lealtades ideológicas. Sin embargo, el romanticismo político reinante en la Casa de Nariño nos lleva a estar ideológicamente más cerca de Beijing o Irán, que de cualquier aliado sensato en Washington o Madrid.
La desglobalización, que parecía un concepto abstracto hace apenas unos años, se ha convertido en una realidad palpable. Las cadenas de suministro fragmentadas, la competencia por recursos estratégicos y la división del mundo en bloques han creado un escenario en el que cada país debe elegir con cuidado sus socios.
Para Colombia, esto significa que los espasmos de lucidez de Petro no bastan. Solo con más de esos destellos esporádicos de sabiduría podrá Petro entender que es un pez pequeño en un océano turbulento, mejor callar y pasar desapercibido. Intervenir en Colombia sería una distracción para Estados Unidos mientras trata de moldear Venezuela en torno a sus intereses. Pero vociferando el oprobio en el Concejo de Seguridad de la ONU, no perdió la oportunidad de llamar la atención del César. En el Air Force One, mientras volaba de Mar-o-Largo a Washington, tomo nota textual la prensa de las pocas palabras que Trump, tuvo para Colombia: “Gustavo Petro mejor que se cuide el trasero”, Ave César.
¿Oh y ahora quién podrá salvarnos? Aferrarse a la esperanza que el tiempo que le queda a Petro de gobierno, no se convierta en la autopista para que Iván Cepeda perpetúe la actual línea en el poder en Colombia. No hay lugar para los gobiernos de izquierda en este hemisferio, o como lo pontifica Marco Rubio: “Nuestro Hemisferio”, el bloque al que obligadamente nuestra banana república pertenece geográfica y económicamente. Nos haría bien como nación elegir por lo menos un gobierno de centro en los próximos comicios.
La captura de Maduro no es solo un episodio venezolano. Es un espejo en el que toda América Latina debe mirarse. Petro debería admitir su situación con más entereza, aceptar su impotencia con mas dignidad. Un acto de pequeña grandeza que le evitaría a el tedio de poner sus barbas a remojar y sumir a Colombia en una crisis innecesaria.
Londres, enero 8 de 2026




